Como he comentado en alguna otra ocasión, en verano dediqué parte de mi tiempo libre a meditar sobre la manera de fomentar la lectura entre mis alumnos, asunto que considero de vital importancia.
Al fin, y en la esperanza de alcanzar este objetivo para mí prioritario, puse en marcha una actividad en la que los chicos me propondrían (a mí y a sus compañeros), una vez por semana, una lectura en castellano, de cualquier época, género o autor, con la única condición de que esa lectura les hubiera enamorado (para quienes no me lean habitualmente, me permito proponer un paseo por mi anterior entrada "El verbo leer se conjuga apasionando", del 28.02.2013).
La expondrían al resto de la clase, presentarían a su autor, la enmarcarían dentro de su contexto histórico y literario de forma somera, y por último, pero no menos importante, explicarían el porqué de su elección: qué les había enamorado del texto en cuestión.
Pues bien, transcurridos casi (y sin el casi) dos tercios del curso, no sin cierto asombro y desde luego, con grandísimo orgullo, puedo congratularme del éxito de la actividad. Los chicos han aportado textos de todo tipo, abarcando desde el teatro barroco, hasta la generación del 27, pasando por la literatura fantástica más actual o por el que para más de uno ha sido (muy a mi pesar) el gran descubrimiento del siglo: Bécquer (que no es precisamente, aunque está mal que yo lo diga, santo de mi devoción).
El caso es que hoy uno de esos niños (porque aún lo son) de 12 años me ha sorprendido con uno de los poemas más maravillosos que he leído nunca, y que a su vez me sorprendiera a mí, cuando yo misma tenía su edad: Vivir en los pronombres, de Pedro Salinas, que forma parte del poemario La voz a ti debida (título que, como mis paseantes más asiduos no habrán dejado escapar, yo misma tomé prestado, no sin intención, para una de las secciones de este blog: la más personal).
Inocente e inconscientemente, ese niño me ha recordado este hermoso poema hoy. Precisamente hoy.
Hoy, que necesito creer en los pronombres.
Hoy, que necesito prescindir de todo lo demás: de las circunstancias, del tiempo, de la edad...
Hoy, que te quiero libre y puro, irreductible: TÚ.
Hoy, que te quiero desnuda, franca, libre: YO.
VIVIR EN LOS PRONOMBRES
(Pedro Salinas)
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
Yo te quiero, soy yo.